Nostalgia por São Paulo es una frase que suena a contradicción… y, aun así, se siente verdadera. Hoy, en el cumpleaños de la ciudad, me descubro recordando lo que me agotaba y lo que me encendía por dentro, casi al mismo tiempo.
No extraño el tráfico. Tampoco echo de menos el tiempo perdido entre un punto y otro, esa vida vivida “en tránsito” que te roba horas y paciencia. Sin embargo, hay algo que sí vuelve: una saudade rara del caos paulistano, de ese desorden con reglas invisibles que, dicen, solo quien es de allí entiende.
Una carta a la ciudad (sin idealizarla)
Celebrar a São Paulo no siempre es hablar bonito. A veces es admitir que la relación es intensa: amor, cansancio, orgullo y un poquito de rabia, todo mezclado.
La ciudad aparece como un lugar vivido, no como postal. Por eso la memoria no se queda en los edificios o en las avenidas; se queda en los días comunes, en los encuentros improvisados y en la sensación de pertenecer a un ritmo que te empuja.
Lo que no da saudade: el tráfico y el tiempo que se va
Hay ausencias que se sienten como alivio. Por ejemplo:
- El embotellamiento que convierte 20 minutos en una hora.
- La prisa constante para “llegar a tiempo” a todo.
- El desgaste de cruzar la ciudad como si fuera una maratón diaria.
Aun así, la nostalgia no siempre es lógica. De hecho, muchas veces no extrañamos el problema en sí, sino lo que existía alrededor de ese problema: la música que sonaba en el coche, el mensaje que llegó justo en el semáforo, la promesa de que, al final del trayecto, algo estaba por pasar.
Lo que sí da saudade: el “caos” como idioma secreto
El caos de São Paulo puede ser duro. No obstante, también funciona como un idioma compartido: una forma de leer la ciudad, de moverse, de reaccionar, de encontrar pequeñas salidas.
Ese “solo quien es de allí entiende” no es elitismo; es memoria corporal. Es saber qué ruta improvisar, dónde comer tarde, cómo resolver rápido, cómo seguir aunque el día venga pesado.
En estudios sobre memoria urbana, se repite una idea simple: cuando extrañamos un lugar, rara vez extrañamos el lugar literal. Extrañamos capas subjetivas: rutinas, fragmentos, olores, voces y personas que le daban sentido a la ciudad.
São Paulo en los sentidos: gris, ruidosa e intensa
São Paulo tiene una firma sensorial muy clara:
- Gris, como su cielo de invierno y sus edificios que parecen no terminar.
- Intensa, porque todo pide energía: el trabajo, la calle, el reloj.
- Ruidosa, con motores, conversaciones, obras y sirenas que no descansan.
- Despierta, porque siempre hay algo abierto, algo pasando, algo por descubrir.
Por eso, la ciudad se siente como movimiento continuo. A veces abruma; otras veces, te salva del aburrimiento. Además, esa disponibilidad constante de planes crea una ilusión bonita: la de que la vida está “pulsando” a cualquier hora.
El gran paradojo: lo que te quita y lo que te devuelve
São Paulo quita mucho. Quita tiempo, calma, paciencia. También exige: productividad, rapidez, resistencia.
Al mismo tiempo, devuelve potencia. Entrega oportunidades, diversidad, encuentros, cultura y una energía difícil de explicar. Incluso cuando cansa, la ciudad parece decir: “aquí todo puede pasar”.
La cuenta no siempre cierra, y está bien que no cierre. Porque la relación con una ciudad no es un veredicto; es una convivencia.
Al final, la ciudad son las personas
Hay un punto donde todo se vuelve más simple: São Paulo es más especial por la gente que vive en ella.
Familia, amistades, amores, conversaciones en la mesa, abrazos rápidos en una esquina, celebraciones pequeñas. De pronto, el mapa deja de ser calles y pasa a ser vínculos.
Si hoy hay homenaje, es por eso: por las memorias que se guardan en las personas y por cómo ellas transforman el “caos” en hogar.
Próximos pasos: ¿cuál es tu São Paulo?
Si también sientes Nostalgia por São Paulo (o por cualquier ciudad que te marcó), cuéntame qué es lo que no extrañas… y qué, sorprendentemente, sí.
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